Monday, October 21, 2013

Cartas

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Miércoles 2 de abril. (3:48 de la mañana).

Vagué unas horas después de que nos separáramos. La noche estaba fresca y una media luna cortada flotaba entre alargadas nu­bes. Calles vacías, calles de perros husmeando la basura. Noche ebria de soledad, oculta tras de los paraísos. Noche emboscada.

Y  los grillos tienen voz de perro.
Y  vago y vago
Y  vago, vago y vago
con ojos de grillo
y voz de perro.

Quise sentarme en la luna y encima de tu casa mirarte. El aire vivificante hizo que te escribiese. Como vigía melancólico recorrí tu barrio 356 veces. Los ladrones mecían la oscuridad en sus bolsas. Yo quería robar una hoja de la higuera de tu puerta. En mis poemas tuyos, y en George Grosz, la mitad de mí sentía nostalgia por el resto. Deseé un barco de madera que me transportase a ti, sonrisa dulce de tres atardeceres. Y los fantasmas de la poesía me susurraron líneas que te doy.

Si la noche fuera molle, Elke
Yo, la noche, estrella
Si yo, la sombra, fuera luces de neón,
Entonces te abrazaría, como lo hago ahora;
Sentado en una acera te tomaría,
Como lo hago ahora,
el abrazarte, digo.

Comienza a penetrarme el sueño cual vejez al árbol. En la bre­vedad de las líneas aflora un extenso país azul, allí donde aún habitan seres extraordinarios, duendes y brujas, donde la bruma que cubre el bosque es la lengua del dragón. Mi país es la cuna de la dulzura, un juego infantil. Ven, las puertas se abren; tu sonrisa se besará conmi­go y se besará con los gladiolos. Quiero envolverte en los minutos con el fuego del dragón. Encuentra la costa de mi cariño.

Las 4:35 ya. Estoy dormido, estaba dormido. Mi cabeza había levantado, al caer, cuatro teclas, y las teclas hablaban tu nombre. Los dedos de mi sueño continuarán hasta mañana imprimiendo letras invisibles no menos dulces que las otras.

Y me voy y me sumerjo en las sábanas y duermo y te pienso y te quiero.

3 de abril (jueves, 9 de la mañana).
Elke, diez docenas de rosas para ti. Puestas sobre tu lecho, se­mejantes a vestidos olvidados durante el amor.

Cuento sin falta nuestros pasos nocturnos. Cada hoja y árbol que dejamos atrás sonríe. Nuestra presencia en la noche cuajada de nada es génesis. Amo tu puerta y tu reja y tu candado. Tú alrededor ha entrado en la órbita de mi felicidad, y así nos vamos, montados en un cometa, a vagar por tierras celestiales. Llegamos y el paraíso tiene forma de cama, con almohada y sábanas. Pero el campo está vacío hasta que ambos recostamos los cuerpos: tú, tu blanco cuerpo; yo, el oscuro. La noche y la mañana se abrazan, y desde ese instante el mun­do gira, tiene luz y sombra. Los frutos caen. Dulces y vaporosos inun­dan de aliento cálido nuestro semi-sueño.

Tu cuerpo es el perfil de la noche. Tu cuerpo el sudor de las estrellas. Tu cuerpo la infancia del amor. Tu cuerpo párpado de dios. Tu cuerpo el mío removido hasta los pies. Tu cuerpo tejido imperial en medio del yermo. Tu cuerpo, Elke, tu cuerpo tú, dormida, soñada y despierta.

Mi boca tendrá ardores de averno
Mi boca será para ti un infierno de dulzura
Los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón
Mi boca será crucificada
Y tu boca será el madero horizontal de la cruz
Pero qué boca será el madero vertical de esta cruz
Oh boca vertical de mi amor
Los soldados de mi boca tomarán al asalto tus entrañas
Los sacerdotes de mi boca incensarán tu belleza en su templo
Tu cuerpo se agitará como una región durante un terremoto
Tus ojos entonces se cargarán de todo el amor que se ha reunido
en las miradas de toda la humanidad desde que existe
Amor mío mi boca será un ejército contra ti
Un ejército lleno de desatinos
Que cambia lo mismo que un mago sabe cambiar sus metamorfosis
Pues mi boca se dirige también a tu oído y ante todo
Mi boca te dirá amor
Desde lejos te lo murmura
Y  mil jerarquías angélicas que te preparan una paradisíaca
dulzura en él se agitan
Y mi boca es también la orden que te convierte en mi esclava
Y me da tu boca Madeleine
Tu boca que beso Madeleine.
GUILLAUME APOLLINAIRE

Este hermoso poema te lo entrego anoche. Mientras te amo te lo doy. Dicho con dulzura en tu ombligo.

Te quiero como al aire de la mañana, como a mi madre al parirme.

3 de abril (7:46, noche).
“Siempre hemos vivido en barracas y tugurios. Tendremos que adaptarnos a ellos por algún tiempo todavía. Pero no olviden que tam­bién sabemos construir. Somos nosotros los que hemos construido los palacios y las ciudades en España, América y en todo el mundo. Nosotros, los obreros, podemos construir nuevos palacios y ciudades pa­ra reemplazar a los destruidos. Nuevos y mejores. No tememos a las ruinas. Estamos destinados a heredar la tierra, de ello no cabe la más mínima duda. La burguesía podrá hacer saltar en pedazos su mundo antes de abandonar el escenario de la historia. Pero nosotros llevamos un mundo nuevo dentro nuestro, y ese mundo crece a cada instante. Está creciendo mientras yo hablo con usted”.
BUENAVENTURA DURRUTI

Tú y yo somos partícipes de ese mundo nuevo; nosotros, los obreros del amor.

Estoy un poco resfriado. Ya me acosté y escribo aquí. Escribo con el índice derecho. Mi mano izquierda recorre los lugares más re­motos de mi cuerpo buscando la piedra filosofal. Tú estás a un cos­tado. Desde las fotos me sonríes y yo te digo elke, elke, elke (con mi­núsculas porque lo hago suavemente).

Un ejército de hormigas camina por mi mesa de noche; el mo­tivo: limpiar tu cortaplumas de los restos de carne de esta tarde. Las miro y pienso que todos los hombres del mundo irían así, en carava­na, a verte si te conocieran.

Sueño con mañana y su cine, con el sábado y su matrimonio. Ambos los imagino contigo, es más, por ti.

Sigues sonriéndome apoyada en la radio. Quién necesita ánge­les guardianes existiendo tú, paraíso e infierno, mujer. Kafka llora un poco más arriba al no poder ya escribirte. Un gozo maligno me es­tremece: saber que en este cuarto de notables, yo, el menor, seré el único que te toque, el único que acariciando tus senos rosa se eleve a la divinidad, el primero que mañana llegue hasta tus dientes y roce con su lengua la comisura de tus labios.

Hay días, Elke, en los que soy inmensamente feliz.

Amo el trozo de cielo que se alza sobre tu casa. Es el que for­ma las mismas lluvias y por el que pasan las mismas estrellas. Yo con­templo el cielo de tu casa en aquel reducto de tu vientre que me ob­sequiaste, y más contemplaré yo, habitante perpetuo de tus vellos, cuando descubra tus pies amanecidos sobre mi rostro.

El reloj dice que son las nueve. Me dice que es la novena vez que estuve pensando en ti por 60 minutos. Para ser sincero te confie­so que 15 minutos los pasé preocupado en mi garganta. Perdóname.



Me regalaste un mechón de cabello. Mechón rubio que contenía exactamente 408 finas hebras doradas. Una cayó al suelo y debo recu­perarla de inmediato. Tan importante tarea no puede esperar, por tan­to, querida, amada, me despido. Tengo dos besos. Uno besa tu mano, el otro te besa simplemente. Chau.

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Revista SIGNO 31, Cuadernos Bolivianos de Cultura (La Paz), Septiembre-Diciembre 1990

Imagen: Kees van Dongen

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