Friday, March 5, 2010

Eleni/LA VUELTA AL MUNDO EN 80 FILMES


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Theo Angelopoulos/Grecia, 2004


Como es característico en su obra, Theo Angelopoulos abarca en este filme una extensa cronología. Comienza con los refugiados griegos llegados de Odessa en 1919, huyendo del ímpetu bolchevique que aquel año alcanzó la ciudad y donde la familia que encarnará el núcleo principal de personajes se afinca en tierras del norte de Grecia, en el Golfo de Salónica, con un hijo y una niña recogida en las calles de la Odessa desaparecida en una "nube de humo". Termina en la guerra civil de 1949, tiempo de muerte, represión, el país oscilando cerca de la revolución social.

Levantan un pueblo en las orillas del gran río. El ambiente se plaga de humedad. Llueve a mares, a diario. Más que de melancolía el aire se enrarece de tristeza. La música, elemento narrativo vital del director, sólo realza el aura de desgracia que de principio a fin domina la pantalla.


Eleni se llama la huérfana que traen de las orillas del Mar Negro. Niña aún pare mellizos para su hermanastro apenas mayor que ella. Lo hace en la oscuridad de la ciudad de Salónica, a escondidas del pater familias (Spyro) y de la villa. Sus hijos le son arrebatados. Alexis, padre y hermano, es acordeonista notable. Trashuma acompañado de su acordeón con un ímpetu que arrolla el fracaso. Una inorgánica banda de musicantes desocupados intenta ganarse el pan, Alexis entre ellos, mientras Grecia continúa su historia enmarcada en cielos grises, bodegas abandonadas, y agua, agua por todos lados como en Macondo, sin la exuberancia de Colombia, con pena y lasitud.


Muerta la madrastra, que padecía ya de enfermedad, Eleni se matrimonia con el padrastro y huye de la iglesia con su hermano/amante antes de la consumación. Angelopoulos retorna al mito de Edipo donde el hijo mata al padre (Spyro muere de un ataque al corazón luego de intensa búsqueda de su esposa Eleni, al finalmente encontrarla y recibir su desdén). A pesar del título en español ("Eleni") dudo en afirmar que la narrativa se centra en ella. "Eleni" es una historia de hombres, y de hombres músicos. El eterno femenino, con cierta dosis de idiotez o intrascendencia en mi opinión, es causa y furor del desastre. Sólo al final, cuando la tragedia se consuma,abandonada por su amor en viaje por América y esclavizado por las circunstancias que le impiden retornar a ella o traerla consigo (con los hijos, que en un oscuro desarrollo del tema retornan con excesiva facilidad a ellos), Eleni adquiere papel protagónico parcial.


Lo que Angelopoulos consigue es nutrir los ciento setenta minutos de la cinta con admirable poética. Es autor de tomas largas, alargue de perspectivas, de dotar al momento con pesada nostalgia: un músico que toca un antiguo vals criollo argentino de frente a un turbulento mar, a cielos presagiosos, grises. En su avasallante fílmica casi diríamos que los seres humanos pierden su preeminencia y el ambiente toma característica central. Opuesto a lo que un director como Kusturica hace, donde el detalle humano, el diálogo, se torna imprescindible. Conflicto entre prosa y poema tal vez. En Angelopoulos no se pierde el discurso, pero hay largos momentos en que lo único que tenemos son imágenes, elocuentes tomas que dicen o anuncian tanto o más que cualquier verbo. Y la música como detalle adherido al aire, etérea.


Juego maestro de sensaciones. Allí no hay necesidad de personajes notables, el todo llena el espacio. En inglés la película lleva el título de "The Weeping Meadow"; se refiere a un deseo permanente de Eleni y Alexis de caminar hasta los orígenes del gran río, a orillas del cual crece la villa, gracias al cual desaparece en una bíblica inundación. El río nace supuestamente en aquel prado lloroso, donde la multitud de las gotas de rocío asentadas sobre la vegetación forman las aguas.

02/01/08

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), enero 2008

Imagen: Escena del filme

Marooned in Iraq, Bahman Ghobadi/Irán, 2002/LA VUELTA AL MUNDO EN 80 FILMES


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ganadora del Premio François Chalais en Cannes, del Festival de Chicago y del de São Paulo, esta obra del cineasta kurdo-iraní Bahman Ghobadi es una reflexión sobre la persistencia del pueblo kurdo.
"Marooned" se podría traducir como "abandonado", "varado", hasta "perdido" si exigimos la acepción. De ahí resulta "Perdidos en Iraq", que si bien se refiere a algunos de los personajes del filme, se puede comprender como la desdicha de los kurdos en Iraq bajo Saddam Hussein.

El argumento explica el viaje de un famoso músico, y sus dos hijos -músicos también- desde el Kurdistán iraní hacia Iraq, en busca de la esposa del primero (que lo abandonó años atrás para irse con uno de sus cantantes),viviendo supuestamente en algún refugio de la frontera luego de que sus pueblos fuesen asolados por las bombas del dictador.

Pese a lo dramático del tema, Ghobadi logra un espíritu jovial a lo largo de la cinta. Hay situaciones jocosas, como el robo de la motocicleta del hijo mayor que es el vehículo de transporte para los tres, además de la pérdida de sus dientes de oro frontales a manos de los mismos desconocidos delincuentes -que no hablan la lengua regional- en la desolada y en extremo hermosa región.

Explosiones de color y de canto; la vida continúa aún escuchándose en la lejanía las bombas que recuerdan el desastre. Con el trasfondo permanente del ruido de aviones caza-bombarderos, los kurdos hacen piruetas con los panderos (tambores de marco, daf en Oriente Medio) e inflexiones de voz. En los villorrios la multitud se ubica sobre los tejados para contemplar el espectáculo.

Es una historia de amor en un ambiente de denuncia. Mirza, el viejo personaje principal a quien conocen todos, incluidos los niños del Kurdistán (zona, vale decirlo, para ellos sin fronteras), implícitamente perdona la traición de su mujer (Hanareh) y desea encontrarla porque sabe que lo necesita. Audeh, uno de los hijos es obligado a acompañarlos dejando a sus siete mujeres y a sus once hijas detrás. Ya que va, tiene el objetivo de hallar en la empresa otra esposa que pueda al fin darle el vástago varón que preserve su nombre. Barat, el otro hijo, reconocido artista y dueño de la magnífica belleza de una motocicleta, soltero, cavila sobre su situación y comienza el flirteo con una fugaz mujer de voz única que ha perdido a su hermano y lo llora. Mirza le sugiere que ese es el momento preciso para el amor, el del dolor.

Mirza encuentra, luego de largo peregrinar y deleitosa paisajística para el espectador -y de rabia ante un inconcebible genocidio-, el lugar donde Hanareh ha de estar. Allí sobreviven víctimas de los ataques químicos. Conoce a una mujer (se sugiere que es su esposa), de rostro oculto detrás del velo, deformada por los ataques, y casi sin voz, que afirma saber que Hanareh no está ya allí, queda su marido muerto, y una hija de los dos que Mirza debe llevar consigo. La película termina con el anciano cargando en medio de la nieve a la pequeña niña, de retorno a los menos peligrosos poblados kurdos dentro de Irán. Un himno a la alegría incluso ante la muerte.

La zona siempre ha sido tormentosa. Armenios, kurdos, turcomanos, asirios, persas, azeris la reclaman como suya. Los bordes sufrieron constantes transformaciones, génesis de frenética violencia a lo largo de los siglos. En la Carte D'Asie (1723), soberbio mapa de Guillaume Delisle que por feliz azar poseo, "Curdistán" limita con el imperio persa en una franja vertical que parte desde el lago de Van, hoy en Turquía y emblemático para Armenia, hacia el sur, volcado sobre las aguas del Tigris. Viktor Shklovsky ha descrito el lugar con trágica belleza y son también memorables sus imágenes en los textos filosófico-autobiográficos de Gurdjieff. En cine, Peter Brook, con base en las memorias justamente de George Ivanovich Gurdjieff, retrata las montañas que van desde el Cáucaso hasta el Turquestán con pincel inolvidable.
19/12/07

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), diciembre 2007

Imagen: Afiche del filme en Norteamérica

Tuesday, March 2, 2010

De traducciones y traductores/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leo en el New Yorker un precioso (no utilizo delicioso por su connotación culinaria) artículo de David Remnick sobre las "guerras de traducción" (The Translation Wars). Trata de las traducciones inglesas de libros rusos mientras deambula, erudito, en anécdotas y estilos de aquella gran literatura. La obstinada ignorancia acerca de otras lenguas impide un acercamiento estrecho a la obra de autores extranjeros; pone al lector en manos de traductores que pueden no ceñirse a los escritos originales y rendir adaptaciones quizá lejanas. Pero es un riesgo urgente de tomar si queremos ampliar los horizontes literarios de nuestra ansia. Dudo que un día decida, yo, por ejemplo, dedicar mi tiempo al estudio del serbocroata para leer a Ivo Andric. Hay que conformarse con lo que las editoras ofrecen y, en el caso suyo, no me han hasta ahora decepcionado.

Remnick señala a cierta Mrs. Constance Garnett, devota y victoriana ama de casa británica, aficionada al ruso y que se convirtió en la mayor traductora de libros de esa lengua al inglés: setenta volúmenes en total que incluyen todo Dostoievsky, cientos de relatos de Chejov, Tolstoi, su preferido Turgueniev, así como textos de Herzen, Goncharov y Ostrovsky.

Al parecer, según Nabokov y Joseph Brodsky, la señora Garnett destruyó la esencia de tales autores, hasta un punto que como anota Remnick, la dificultad para un lector en inglés de diferenciar a Tolstoi de Dostoievsky, se debe a ella. Nabokov, iracundo y presumido como fue, se dedicó en sus clases de literatura a vilipendiar las traducciones de Garnett, para a su vez ser ferozmente atacado por su amigo Edmund Wilson por su traducción de "Eugenio Onegin" de Pushkin.

El artículo continúa con la odisea de una pareja de traductores, Richard Pevear y su esposa Larissa Volokhonsky, dedicados a la traducción de "Los hermanos Karamazov" y su subsecuente éxito, artístico y monetario por el espaldarazo dado por Oprah Winfrey a su traducción de "Ana Karenina", de la que se vendieron casi un millón de ejemplares. Desde su modesto y abrupto comienzo traduciendo los Karamazov, Pevear y Volokhonsky han continuado, en la tranquilidad de su estancia borgoñona, con Dostoievski y actualmente trabajan en "Guerra y Paz" de Tolstoi, con proyectos futuros que incluyen a Leskov.

Sucede lo mismo en español. A no olvidar que García Márquez reclama una herencia de las "malas traducciones de Faulkner", como lo hace Hemingway de las traducciones rusas de Garnett. Una traducción difiere de otra, y no necesariamente implica un mayor conocimiento del lenguaje sino consustanciarse con el ambiente narrativo. La traducción de Gregory Rabassa al inglés de "Cien años de soledad" no tiene par y sin embargo se encuentran burdos errores de interpretación.

Si me dan a elegir entre la traducción de Julio Cortázar de los cuentos de Edgar Allan Poe y la similar de Ernesto Sábato, me quedo con la primera. Feliz episodio el de contar con dos versiones notables. Entre los libros más hermosos que conservo a mi lado está la "Caballería roja" de Babel. La leí en dos ediciones y la traducción de José María Güell es superior, en laconismo y poética, aunque parezcan éstos irreconciliables enemigos, a la de José Laín Entralgo que sin ser mala no tiene igual sustancia.

Hay traducciones de traducciones y eso, en primera instancia, equivaldría a desmerecer una obra; mas no es así: otro de los iconos literarios que me acompañan es el "Viaje sentimental" de Viktor Shklovski, traducida del italiano por Carmen Artal, siendo la obra original en ruso.

No se puede dejar de lado la monumental obra traductora de Jorge Luis Borges, desde Snorri Sturlusson a Lord Dunsany, pasando por su magnífico "Un bárbaro en Asia" de Henri Michaux.

David Remnick superpone en su artículo los aspectos de arte y financieros del oficio de traducir. No toma partido aunque observa. Se limita a detallar esta nueva explosión de lectura de los autores rusos en el caso, con ventas que sobrepasan a veces veinte mil ejemplares para Dostoievsky. Beneficios, pero también artimañas de la sociedad de consumo, que ayudan a eternizar las grandes letras. Muestra un Nabokov que en su vasta inteligencia critica a todos y a todo, a Thomas Mann y a Pasternak. Recuerdo que Babel (de acuerdo a Ehrenburg) decía de él, en los tempranos años, que Nabokov-Sirin escribía bien pero no sabía sobre qué escribir.

Sobre la mesa de noche, al lado de un Don César de metal y espada, descansa la "Antología negra" de Blaise Cendrars, en traducción de Manuel Azaña.
16/11/05

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), noviembre del 2005
Publicado en Fondo Negro (La Prensa/La Paz), 2005

Imagen: Escriba maya. Detalle de la estela 63 de Copán (dibujo de Linda Schele)

Virginia revisitada/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La intempestiva llegada de mi primo Waldo (por Waldo Frank) Ferrufino a Aurora trae recuerdos consigo. Waldo fue uno de los primeros que me recibió, a la salida del metropolitano en Virginia Square, y mantuvo una solidez solidaria por el tiempo que viví allí; él y su hermana, Carmen.

Había olvidado historias, sin quererlo; tal vez eran demasiadas, juntas, para un cochabambino que veía en Virginia más que una posibilidad de hacer dinero y comprarse un auto -también-. Desde el largo trayecto en bus desde Miami hacia el norte, los nombres traían referencias inevitables en aquella mente joven y llena de la caducidad de la memoria. En Savannah creyó ver bambolear los cuerpos de piratas ahorcados. Herencia de Schwob y Stevenson que flotaba en las aguas atlánticas. En Raleigh, mientras el vehículo cercenaba el horizonte, quiso oír la fanfarria del sur cuando la prestancia de Robert E. Lee pareció haberse encaramado sobre los despojos del ejército de la Unión. Eso por considerar sólo dos ciudades y algo de personajes.

La geografía prestó su encanto, la extensa miasma de los estados sureños, las casonas estilo Georgia en la perspectiva del crepúsculo. Menos Miami, de espíritu prostituido en el peor sentido, sin bohemia, sin soltura, simple mixtura de burdo mestizaje.

Arreciaba el invierno de 1989, más frío mientras menos trabajo había. Triste y pronto despertar a la mendicidad espiritual de tanto boliviano que, creyéndose en un paraíso para alardear ante los nuevos, inventaba Dorados y tesoros de nunca existir. Estratificación indebida y absurda de quienes de una manera u otra representaban una fuerza de trabajo barata y nada más.

En Virginia vivía Ronald Arandia, quien desapareciera en una chichera noche de la calle Antezana, en Cochabamba, para volvernos a encontrar en medio de bailes tropicales y mujeres ágiles aunque carnosas en el bar que regentaba en la capital, Distrito de Columbia. Fernando Vargas, poeta de la urbe, washingtoniano por adopción y de Bolivia cúmulo de narraciones. Y Julio Dueri, llegado de Filadelfia, ducho en artes de alcohol y mujerío. Otros, desagradables algunos, desdeñosos, idiotas, interesantes, arribistas que deseaban por sobre todas las cosas lavar la raza y emblanquecer.

Desde la ventana en la calle North Monroe bajaban veranos e inviernos. Caminar con la nieve en las rodillas, los mapaches corriendo sus oscuras sombras a esconder; parecía un texto de Jack London, sin caballos a quienes abrir el vientre para calentarse adentro. La musiquilla del viento en los colgantes de metal de los porches, con el siseo del viento, sin faroles, avanza que avanza empujando aquel peso blanco cuya intención es detener. Llegar a la puerta de alguien que supuestamente habría de llevarte al trabajo porque tú no tienes auto, ni bicicleta tienes, y arañar en vano los nudillos para una respuesta de silencio. La noche entonces, lóbrega como nunca, cargados los árboles de desesperanza, los copos que se derraman y no aplacan la ira del desventurado. Primera Virginia que sin embargo recibía con un modesto té y masitas dulces en la casa falta de muebles, como para reírse de las tormentas.

La vida se adecuó con la experiencia y Virginia mostró faz nueva de prosperidad y sol. Se desnudaron los museos, hasta cardenales rojos piaban en el patio de atrás, el que daba al bosque. Viajes con Mirella Suárez, hija del poeta, al Shenandoah; miradas retrospectivas a los ancianos frentes de batalla. Fueran vodka o ron, o Michelob y Miller, con Ronald, a puertas cerradas tomando y cantando los rojos sones de Carlos Puebla. Un par de fotografías con Gauguin y Raúl Boulocq en la Galería Nacional. 

Exhibiciones de Rembrandt, Malevich y Matisse en Marruecos.

Elegir libros en la plenitud del domingo: la trilogía de Galeano para regalar, los discursos de St. Just en la Convención, los que llevaban directo a la guillotina...

Una visita que más que retrospectiva trae emoción, la de aquel que incursiona en lo desconocido, sin haberlo buscado, en un golpe de dados cuya combinación numérica determina que siga, después de dieciséis años aquí...
09/11/05

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), noviembre del 2005

Imagen: Neblina en la floresta del Shenandoah


Bolivia, un filme de Adrián Caetano/ ECLECTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Navegando en la red, en busca de nuevo cine latinoamericano, tropiezo con una película altamente premiada (Cannes, Rotterdam, San Sebastián, Londres, Huelva) que lleva el nombre "Bolivia". El director: Adrián Caetano. Un argumento interesante: un inmigrante ilegal boliviano en Buenos Aires que trabaja en un café, restaurant, bar en el que transcurre casi toda la cinta.

Fernando Martín Peña, de la revista Rolling Stone la califica como "el más importante filme argentino de los últimos veinte años". Afirmación tal vez exagerada considerando que las décadas mencionadas, ya terminada la dictadura militar, han sido prolíficas en el renacimiento del cine de ese país, con realizadores y realizaciones importantes. Ello no desmerece el trabajo de "Bolivia" que con pequeñas falencias de actuación y cierto inmediatismo falto de desenlace sigue siendo excelente. No significa que Caetano deja la historia a medias, hay un fin -tal vez no imprevisto- que podría haberse desarrollado más. Suele ser que situaciones semejantes se deban más a ausencia de presupuesto que a limitaciones de guión. Algo con que el cine de América Latina debe lidiar a diario. "Bolivia" dura 75minutos, casi un corto metraje, rodada de manera cortada en tres años, con base en un relato de Romina Lafranchini, esposa del cineasta. Caetano tuvo que "prestarse" el local de manera discontinua, lo que quizá le da ese muy sutil destiempo.

Cómo justificar entonces los premios. Porque aparte de las dificultades que implican un mérito en sí, "Bolivia" tiene trasfondo social. Habla del drama de la emigración, de la injusticia, la explotación, el racismo, pero también de la solidaridad. La compañera de trabajo del protagonista -Freddy (Freddy Flores)-, Rosa (Rosa Sánchez), de origen paraguayo, le concede amistad, algo de amor también, elementos claves para sobrevivir en un universo hostil donde los infames policías argentinos tienen el derecho de detener a uno en la calle, revisarlo y humillarlo, más si se es un "bolita", o "negro", o "peruano", "paraguayo", ajeno y distinto a unos supuestamente superiores euroamericanos.

"Bolivia" representa en parte el mundo de Washington Cucurto, el gran escritor negro dominicano-argentino. Cucurto se desenvuelve entre inmigrantes y su jerga extrae buena parte de su léxico del guaraní. Combina la suma de todos los desheredados que en la miseria se hacen uno. Claro que en Cucurto los personajes son desenfadados, atrevidos, sexuales y explosivos mientras que los de Caetano son más bien tristes.

La universalidad del mensaje del filme es esa: la existencia del abuso tanto como de la impunidad. 

Algunos de nosotros, inmigrantes, quemamos las naves no con ánimo de romper con el pasado sino con el de alcanzar la posibilidad de construir otras, nuevas y mejores, como las edificaciones de las que hablaba Durruti, refiriéndose a que los obreros tenían la posibilidad de siempre construir otra vez, mejor, así la burguesía hiciera saltar su mundo antiguo. Muestra el caso de Freddy y, por lo general, de la emigración boliviana, que raramente rompe los vínculos con su nacimiento.Y ahí radica el poder del pobre, así como el sujeto del odio y la envidia racistas que sospechan que aquel que hoy está en el fondo podrá levantarse incluso encima de ellos por su pujanza y sus afectos.

Argentina, como los Estados Unidos, Rusia, Francia, la misma España, sufren el destino de toda nación vieja. Sus tierras son el ámbito por donde habrán de expandirse las naciones jóvenes, se llamen Bolivia, Paraguay, Senegal, México o Uzbekistán. No es siquiera geopolítica, es historia y hay en ella inevitabilidad. Se ve en "La ciénaga", película de Lucrecia Martel, donde la inercia de las otrora clases pudientes y blancas va minando su supervivencia. Una de las protagonistas de Martel, Graciela Borges, sentencia que todo es culpa de los "coyas", como culpa es de los mexicanos en el norte y de los marroquíes en Francia.

"Bolivia" se filmó en el 2001, y jamás la habría conocido sin el azar. Seguro que despertará o despertaría tontos nacionalismos entre connacionales que creerán el filme atentatorio a la "dignidad nacional". Caetano ha hablado de algo de lo que debíamos haber conversado nosotros, hace mucho.
02/11/05

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), noviembre del 2005

Imagen: Escena de "Bolivia", de Adrián Caetano

En la Escuela de Teología/ ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mayor interés no tengo en esta disciplina que aparenta hablar con ¿Dios? Pero soy un fanático de archivos y letra impresa y estos divinos verbalistas, usualmente pudientes y bien acomodados, disponen de colecciones de textos antiguos y raros que me fascinan.

Entro en la Iliff School of Theology gracias al arbitrio de amigos mexicanos y peruanos que limpian el centro cuando ya los guardias de seguridad pakistanos y vietnameses han dejado el lugar.

Es un complejo de tres edificaciones interconectadas, un lobby inmenso con aulas y oficinas, la biblioteca de dos niveles más un sótano y una suerte de torre de al menos cien años, donde existe una capilla, salas de conferencias y más oficinas para catedráticos. De las ventanas de esta torre se ven las construcciones de tipo inglés, bellas y lóbregas, de la Universidad de Denver, cuyo mérito -dicen- es haber cobijado en sus clases a Condoleezza Rice, mano derecha del iluminado presidente Bush.

Hay cierto olor a carroña entre las paredes. Habrá ratas muertas en las centenarias cañerías, y maderas corroídas. Del órgano ubicado en el rezatorio escapa un roedor, despierto por la noche para vagar en la marea de papelerío; rompe con ello la santidad de la alfombra roja, del claustro que preside un magnífico mármol que aunque no lo expresa creo que representa a Isaac antes de ser fallidamente martirizado por su padre, el patriarca Abraham. Esta escultura merecería su sitio en museo, no en la orfandad de un recinto donde sólo la ven, si es que lo hacen, las manadas de aprendices de cura. No es únicamente Isaac el huérfano: recorro con la vista manuscritos ancianos enmarcados y expuestos en los muros,parafernalia religiosa con piezas admirables. En los salones de los profesores cientos de libros duermen en anaqueles, sillas, pisos, en una maraña donde los limpiadores latinoamericanos apenas pueden caminar. Hay mugre, y mucha. Suele ser quizá que estos hombres y mujeres gastan demasiadas horas en sus comunicaciones extraterrestres y que no les queda espacio para una pizca de sentido común, para saber que ese poco de higiene diaria del medio alrededor puede en algo diferenciarnos de los cerdos.

Pero no. Las togas colgadas de percheros -parecen seres fantasmales en la oscuridad- cobijan cuerpos reñidos con la limpieza. Hojeo sus libros. Crónicas de Israel, los derechos civiles y la religión. Me acomodo en el sillón de la profesora Eidenbaum y leo acerca de la supervivencia de los indigentes en el París medieval. Me quita de la abstracción el "permiso, permiso", y el ronronear de la aspiradora que derriba una pila de obras dedicadas al santoral católico.

Una observación detenida de los prolíficos basureros muestra la afección de estos santones a comer chocolate. Los químicos del cacao tendrán directa relación con el contacto extrasensorial. Hablando de basureros, los hay grandes, en el recibidor por donde pasan alumnos y maestros, amén de visitas. Da a pensar si en esta organización se estudia o se come. Me dicen que a diario es así, que los botes de basura no dan abasto a los desechos. Hay al menos tres cocinas en el lugar, con sus cafeterías y no sé si las delicias se proveen gratis o se cobran, sólo que pregonan vientres muy activos.

Juan me introduce a la biblioteca donde está el origen de mi interés. Primero a un depósito. En medio de telarañas y un asiento roto, anaqueles con tomos de al menos trescientos años. Textos que carecen de espacio en el receptáculo mayor del recinto. Páginas que ya no se abren y que por el polvo alrededor, ni se tocan. No limpiamos este cuarto -escucho.

Una mágica llave abre la puerta de Colecciones Especiales. Allí, en la primera mesa cerca de la entrada, una docena de volúmenes sin protección alguna. Con una cámara de teléfono celular los fotografiamos. Valen sin duda miles de dólares al ser ediciones originales. Reseño: Encomium moriae (Desiderio Erasmo), de 1509, pero en impresión de 1629; los textos de Teresa de Ávila; Passiones animae, 1650, de Renato Descartes, dedicado a la reina Cristina de Suecia; Assertio omnium articulorum, de Lutero,1521...

Excursión nocturna que vale el sacrificio de no dormir. Otra vez, siento lástima por la seclusión de libros así, que se debieran al público. Encerrados en un sótano poco sirven, porque los teólogos, noveles y viejos, tergiversan, malintencionadamente como siempre, la vida...
25/10/05

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), octubre del 2005

Imagen: Acuarela del edificio principal de la Iliff Escuela de Teología, en Denver, Colorado

Borges y México/ECLECTICA


Vanamente he intentado encontrar visos del México popular en las líneas de y sobre Borges de la compilación "Borges y México", Plaza y Janés 1999. Los autores, mexicanos y otros, que hablan del escritor porteño, discurren acerca de su gran amistad con Alfonso Reyes, de las cualidades urbanas de la literatura argentina, de la geografía borgiana y su universo de sueños y reflejos. Obvian las posibilidades concretas de la obra de Borges de acercarse al "pueblo", el mexicano específicamente en este intento de texto.

Tenemos la imagen de Borges como un hombre que elude el roce de la muchedumbre, esa masa alocada y bestial que se mueve sin ton ni son. Sin embargo, Jorge Luis Borges recibe la herencia, violenta y épica, de la literatura gauchesca; imagina al gaucho, y a su descendiente urbano, el compadrito -siempre de apellido español- y lo recrea como el antecesor valiente y mítico de una Argentina transformada por la inmigración, cuya dualidad angustiosa se cebaba sobre él mismo. Hay características similares en los hombres de la vasta extensión territorial mexicana; el gaucho Martín Fierro pervive en México, presente y vital, con sus rasgos propios hasta muy entrado el siglo XX.

Quizá su dinámica y su modo de sobrevivir le quitan esos jaspes románticos y misteriosos que tienen los seres muertos, los cuchilleros de Palermo, por ejemplificar algunos... para que el poeta de Buenos Aires los observe. Es que Borges se insume en otra rica e interesante penumbra de olvido donde abundan espectros foráneos y el vaho caliente que exudan las aguas, porque por un río se van o cruzan las almas muertas, forma un vaporoso instante de ensueño.

El joven Borges paseaba al conflictivo Pierre Drieu La Rochelle, ya muy atrás, por el bajo de su ciudad. En toda urbe, lo marginal, las barriadas extremas, los prostíbulos, el canto y la pelea son el nexo ¿el último? entre el campo y la ciudad, entre lo agrario y lo urbano. Tal vez, siendo tan amplio su imaginario, no tuvo tiempo Borges de indagar y nutrirse con el de un México más cercano a él de lo que pensaba. Existe en aquel país un dejo ibérico más profundo -o más intenso- que el de Buenos Aires y las milongas o tangos que recitara el argentino podrían ser más que un eco en los barrios orilleros de Ciudad de México para hacerse un sólo y único vocablo. Pero hay senderos que se bifurcan y caminos que se separan, sin desmerecer el valor de ninguno.

El tocadiscos insiste con "Camino de Guanajuato", de José Alfredo Jiménez. Sencillo, pienso, para un boliviano acercarse a su lírica. Cuando el cantor dice que detrás de la loma se ve Dolores Hidalgo, parece nombrar las vueltas nuestras del Valle Alto. ¿Sangres comunes? Un sinfín de explicaciones que hermanan los pueblos nativos. No para el prosador platense con sus mixturas hebreas, germánicas y escandinavas, donde los únicos indios vivos son los indios muertos.

Se lee mucho a Borges en México y México todavía espera encontrar la sombra del poeta ajeno que lo descubra.
23/3/04

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Publicado en Los Tiempos (Cochabamba), marzo del 2004

Imagen: Jorge Luis Borges