Tuesday, July 13, 2010

Trinidad, casi Macondo


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ya bajando el avión, de ver sólo el diluvio sobre el horizonte, García Márquez me vino a la mente. Penetraba, sin haberlo pensado, en un paradigma del siglo veinte, el espacio de la fabulosa novela del autor colombiano.

En tierra, aquella instantánea ilusión se transformó en real. Las arboledas, el calor, la lluvia interminable, el barro, las mujeres generosas en su presentación corporal, la modorra, la desidia, un centenario enclaustramiento donde nadie muere ni envejece: era Macondo.

Además época de carnaval, cuando las pasiones se desbordan y el olor a cópula cubre el aire con más intensidad que el olor de las guayabas. Las reinas de belleza, en emulación breve, no diré triste, de las del Brasil, batían las caderas al ritmo de viejísimas canciones cariocas que yo atesoraba en un cassette en los Estados Unidos. Hasta eso, reavivar tal música, que creí perdida en los umbrales del recuerdo, implicaba el retorno del pasado.

En tiendas y en mesones levantados sobre la plaza principal, calaveras de diversos animales se ofertaban al público. Admirables despojos que nadie debiera comprar. Bellos porque representan maravillas naturales. Execrables porque el cráneo de un jaguar joven presentaba dos orificios de bala en la frente. Huesos de anta, de jochi pintado, de monos, loros disecados y tucanes de sobria negrura encerrados en jaulas comiendo tallarines. Mientras pasan Toyotas último modelo, sin placa, robados según afirman, en el Paraguay o en el vecino más grande. Yuxtaposición de mundos. Y la lluvia sigue cayendo y desbordando el gigantesco Mamoré, para que los vecinos de la villa puedan agarrar surubíes entre sus maizales anegados.

En medio de la noche tropical corremos a refrescarnos con un raspadillo, hielos raspados y cubiertos con esencias de frutas de intensos colores. Tarde sabemos que las aguas locales, no hervidas ni tratadas, tienen contaminación de plomo. El veneno a veces llega con sabor a uva y canela o, en mi caso, de frutilla y limón. No puede ya haber arrepentimiento y menos fatalidad, sólo dejar que el tiempo siga su curso y decida por sí a quién y cómo ha de marcar.

Comidas abundantes y sabrosas se sirven al anochecer en los patios que dan a la calle. El sabor comparte espacio con el olor de los abiertos desagües en una ciudad que apenas comienza a poner alcantarillas.

Hay motocicletas más que automóviles y no es difícil por precio modesto moverse sin fin. Una larga siesta corta el día que caso contrario sería muy largo por la inactividad. Cerveza toman los que quieren y no la toman los juramentados; las botellas o las latas se amontonan en un festejo que contrasta con los miles de damnificados alojados en las escuelas. Hay odio racial. El enemigo es el indio a quien se desdeña en puestas en escena carnavaleras. Evo Morales ha logrado su cometido de atizar en la sombra la guerra étnica.

Escuché sobre las mujeres del Beni con escepticismo, pero vi hermosas en abundancia. Al partir apareció una cuarentona, toda vestida de azul. Su traje transparente agitaba aquellas piernas ante la intemperancia del deseo. Otra, sentada al lado en el avión, removió su negro soutien para quedar libre del calor y durmió agitando sus senos de luna por treinta y cinco minutos, con esbozos de piel tostada y de blanca piel según se movía.
21/02/2007

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), 25/02/2007
Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra), febrero del 2007

Imagen: Vista de Trinidad, Beni

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