Friday, October 29, 2010

Vida de un luchador


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

The Wrestler (El luchador) (Darren Aronofsky/2008), es un filme que esperaba ver.  Caminamos de noche por la avenida Broadway, que en aquella parte de Denver es una caja de sorpresas:  bares irlandeses, tiendas tibetanas, restaurantes avant garde donde se mezclan cocina china e italiana en admirable simbiosis; tiendas y audiciones porno en edificios encasquetados como tumbas; muchachas punk que cruzan el estrellado cielo de marzo bajo el encono de más nocturnas sombrías señoritas góticas.

El teatro Mayan, una tradición denverina, con estucos representando dioses, reyezuelos o sacerdotes;  tal vez el trágico Ocho Venado Garra de Tigre o un jugador de pelota como esculpen los artistas pueblerinos de Belice a sus ancestros.

Primero de marzo del 2009.  No hay nevada este año, por increíble que parezca.  En los afiches los ojos chinescos de Benicio del Toro en el papel de Che, filme que me reservo para cuando los diletantes se hayan escurrido a otro interés.  Un brochure, cuadernillo, donde reconozco rostros de Cochabamba, algún sospechado "gay", posible vieja pareja de un amigo, en papel de guerrillero.  Cuando la vea les diré si me sorprenden, o me enternecen, estos guerreros de Soderbergh.

Digo a Ligia que la última vez que vi a Mickey Rourke, actor principal de "El Luchador", fue en el teatro Bustillo de la avenida de las Heroínas, en "9 1/2 semanas", con las inolvidables tetas de Kim Basinger. Pasó el tiempo desde entonces, pasó un alcalde que destruyó lo poco que conservamos del pasado los bolivianos (lo mucho que hablamos y lo nada que hacemos).

Este Rourke de ahora es hombre duro, magullado, con rastro de angustia y vicio sobre sus facciones.  No en vano era amante de las Harley Davidson, motocicletas-caballo.  Dejó de ser el señorito elegante y seductor de aquella cinta sensual para convertirse, casi como un alter ego, en un luchador profesional que vio su gloria convertida en niebla. Quiero creer, y quizá lo averigüe, si su origen es irlandés. Si lo es, este rostro y esta terquedad de sobrevivir y de afrontar la desdicha son parte de su dura raza y eso basta para causarme simpatía como repugnancia causanme los delicados (perdón Proust, Gide, no hablo de ustedes).

Un filme cuya característica personalizada por la propia vida del actor, de quién se decía sería el nuevo Marlon Brando, acerca al espectador a lo que sufrimos todos: los imposibles e inevitables embates del tiempo. La misfortuna, desventura, a pesar de que pudiesen ser, como el caso del personaje Randy "The Ram" Robinson, producto de la negligencia, el egoísmo y la soberbia, siempre despiertan simpatía. Si a eso agregamos una puesta en escena muy adecuada, le añadimos la permanente y grisácea presencia de New Jersey, las luces ficcionales de un strip bar, tenemos el material suficiente para contar una historia que dentro de la decrepitud depresiva de su texto es aleccionadora. Hay un chispazo de vida, y otro de amor, en este suicidio consciente al que se entrega un luchador acabado.  Implica que dentro de la miseria y los errores vividos y aceptados, queda un espacio donde se puede reconquistar el orgullo, la constancia de haber sido. No importa si este edén primario e instantáneo se consiga en la muerte. Es, de hecho, una redención.

Excelente producción norteamericana, con un relativamente bajo "budget" de seis millones de dólares, la resurrección  de un actor talentoso, el recordarnos por qué somos hombres. Vivencia cotidiana que al contarse se hace si no única al menos especial. Y, como colofón para una "feliz" experiencia cinemática, la mientras más madura más hermosa Marisa Tomei, regalándonos aparte de sus dotes de actriz, desnudos que años atrás sólo se hubieran soñado. Con ese cuerpo delgado y cuarentón, con sus inflamados pasionales oscuros pezones, Marisa no necesita premios. El premio es ella...  para nosotros.
05/03/09

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Sucre), marzo 2009

Imagen: Poster del filme

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